9 formas de sabotear tu plan de inversión sin darte cuenta

«La clave es no interrumpir el interés compuesto».

Charlie Munger

Llevo más de 6 años escribiendo con regularidad y gracias a vuestro feedback me he dado cuenta de algo que se repite continuamente.

Algunos inversores son incapaces de estarse quietos y van buscando constantemente nuevas inversiones que les den retornos mejores de los que han tenido hasta el momento.

Lo más curioso es que algunos de estos inversores «culoinquietos» habían definido un plan de inversión a largo plazo con sentido después de buenos procesos de reflexión.

Por ello, me he dado cuenta de que mantenerte fiel a tu plan y no desviarte de él no es tan evidente como puede parecer.

Al final, a todos nos ocurrirán muchas cosas que escapan de nuestro control en los próximos años y que quizás van a impactar con fuerza incluso nuestras más fuertes convicciones.

En mi nuevo artículo, comparto los 9 boicoteadores más frecuentes que intentarán ponértelo difícil a la hora de mantener tu plan de inversión y (por supuesto) 9 propuestas de soluciones.

Empezamos por uno de los boicoteadores más comunes.

Copiar lo que (parece) que le ha funcionado a tu cuñado, a un gurú o a un aspirante de influencer.

1. No copies la estrategia de aquel al que parece haberle ido bien

En muchos ámbitos vitales, una buena forma de aprender es contar con mentores a los que, de algún modo, seguir e imitar.

Si uno quiere mejorar su forma física, emular la nutrición y el ejercicio de personas de edad similar que han conseguido lo que deseamos suele dar resultados satisfactorios.

En el mundo de la inversión, sin embargo, intentar replicar lo que le ha funcionado a un determinado inversor en un momento concreto puede tener consecuencias negativas para nuestros intereses.

De entrada, sabemos que tanto el perfil de riesgo como las posibilidades financieras de cada uno presentan diferencias muy relevantes. Y, además, también sabemos que, a corto y medio plazo, la evolución del precio de los activos es impredecible.

El problema es que, cuando intentamos emular a otros, muchas veces no entendemos bien qué hay detrás de las decisiones que han tomado. Y eso puede convertirse en un problema serio.

Hoy en día, si uno se lo propone, no es difícil replicar la estrategia de inversión de grandes inversores. Muchas de sus carteras son públicas. Actualmente, además, hay bancos que permiten, con un solo clic, replicar las carteras de los inversores de moda. Nunca ha sido tan fácil copiar lo que hacen los gurús.

Y encima, como pequeños inversores contamos con cierta ventaja: podemos comprar y vender activos con mucha más agilidad que los grandes inversores, que suelen manejar volúmenes enormes y deben ejecutar sus operaciones de forma gradual para no alterar los precios en su contra.

El problema de copiar a los supuestos gurús es que, en muchas ocasiones, esconde una falta de visión propia y de propósito en la toma de decisiones. Por ello, cuando esas carteras copiadas no evolucionan como esperábamos en el corto o medio plazo, es fácil perder la paciencia y vender con pérdidas, comprometiendo seriamente la rentabilidad a largo plazo.

Debes ser consciente de que, al definir tu asset allocation y tus inversiones en tu plan a largo plazo, lo primero es tener claro tu perfil de riesgo y tus objetivos vitales a corto, medio y largo plazo. Solo así podrás discernir qué estrategias tienen sentido para ti y cuáles no.

Por ello, más que copiar a grandes inversores, debes hacer un ejercicio de autoconocimiento: entender qué necesitas realmente según tu perfil y tus objetivos, trazar un plan y seguirlo.
Inspirarte en lo que hacen otros puede ayudarte. Copiar sin criterio, no.

2. Aprende a discernir la información útil en un mundo con sobreabundancia informativa

Relacionado con el punto anterior, pero con matices, creo que el exceso de información y las incesantes oportunidades de inversión que pueden aparecer ante nosotros si prestamos atención en determinados foros pueden ser un gran boicoteador del plan.

Es normal que, a medida que tu riqueza aumenta, tus posibilidades de inversión también lo hagan. Existen productos con inversiones mínimas a las que no tienes acceso cuando estás empezando a acumular patrimonio. Son inversiones más sofisticadas, que suelen implicar más riesgo, pero también un retorno potencial mayor.

Pero ten cuidado. Lo más sofisticado no siempre es mejor. En las inversiones alternativas, muchos han perdido lo que habían ganado en las inversiones más tradicionales.

Por eso, siempre insisto en limitar a un 20 % máximo el peso de tu patrimonio destinado a inversiones que se alejan de lo tradicional (lo que se llama la cartera satélite).

Ese exceso de información que recibimos quienes nos interesamos por el mundo de la inversión puede llevarte a cuestionar constantemente si tu brújula inversora apunta en la dirección correcta. Y eso es peligroso. Por eso, definir tu propio plan a largo plazo busca precisamente evitar que cambies de rumbo a la primera de cambio y que te dejes seducir por los primeros cantos de sirena que aparezcan.

Resistir es una parte fundamental del plan. Y, como deberás resistir durante décadas, tendrás que encontrar un método que te permita mantener una estrategia a largo plazo mientras sigues formándote como inversor año tras año.

Te aseguro que, en las próximas dos décadas, tendrás delante muchas oportunidades de inversión si te mueves un poco. Siempre aparecen nuevas oportunidades cuando uno busca con foco. Siempre. Pero ten cuidado y asegúrate de que esas oportunidades no te alejen de lo que tu plan de inversión necesita. Saber decir que no a una buena oportunidad para mantenerte fiel a tu plan es un superpoder que los mejores inversores poseen.

Invertir se puede comparar, de algún modo, con correr un maratón.

Del mismo modo que el material de entrenamiento para completar un maratón ha evolucionado enormemente en las últimas décadas, los principios básicos se han mantenido prácticamente inalterables. Para terminar un maratón hay que diseñar un plan de entrenamiento de, al menos, dieciséis semanas, aumentar el kilometraje de forma progresiva, cuidar la nutrición, introducir sesiones de fuerza y realizar una tirada larga (de unos treinta kilómetros) unas semanas antes para acostumbrarte a la distancia. Son principios que apenas han cambiado.

Hoy podemos afinar mucho más gracias a la tecnología: relojes con GPS, wearables que miden la frecuencia cardíaca, la temperatura corporal o el sueño; calzado más avanzado; análisis de datos de entrenamiento; aplicaciones que ayudan a no saltarse sesiones… Todo eso está muy bien. Pero la base sigue siendo la misma.

Y, en parte, lo mismo ocurre con la inversión. Quienes aspiramos a superar de forma sostenida la inflación mediante una cartera diversificada seguimos utilizando principios muy similares a los de hace décadas. Es cierto que hoy contamos con fondos mucho más competitivos en costes y con nuevos activos —como las criptomonedas— que pueden formar parte de la cartera satélite.

Pero los fundamentos para que tu plan a largo plazo «funcione» apenas han cambiado.

Por todo ello, debes tener mucho cuidado y saber filtrar la información que realmente aporta valor de la que no.

Tu estrategia no debería cambiar con frecuencia, y menos aún por haber descubierto a un influencer que intenta asustarte con información potencialmente sesgada.
Un buen inversor no deja nunca de formarse ni de aprender, pero tiene muy claro que filtrar sus fuentes de información es una de las tareas más importantes que existen.

3. Gestiona la incertidumbre, la aspiración de control y tu aversión a las pérdidas

Cuando eres emprendedor, la incertidumbre no es negociable. Forma parte de tu vida. Escapar de la nómina es un ejercicio difícil que implica ser tolerante con la incertidumbre.

Del mismo modo, y como expliqué con mucha profundidad en mi libro Abundantia, la aspiración de control es una falacia. En realidad, en la vida —y en las inversiones— existen muchísimas variables que no dependen de nosotros. Por eso, la dicotomía de control estoica, que establece que nuestra atención, nuestros esfuerzos y nuestro foco deben centrarse en aquello que depende de nosotros, es tan popular y efectiva.

Invertir nos desnuda y nos muestra cómo somos realmente cuando los mercados o la economía exhiben su cara más cruel. Muchos dicen tener cierta tolerancia al riesgo, pero, a la hora de la verdad, ante la menor caída relevante no pueden dormir por la noche y cierran posiciones porque no son capaces de soportar la sangría de pérdidas, que siempre llega mucho más rápido que las subidas bursátiles, que suelen ser más graduales.

La nula tolerancia a la incertidumbre es uno de los boicoteadores más importantes de tu plan a largo plazo.

4. El optimismo y la sobreconfianza pueden jugarte (muy) malas pasadas

Me considero una persona optimista. El optimismo permite atreverse con retos y metas que, en muchas ocasiones, escapan del mundo racional. Y, como especie humana, el optimismo ha contribuido sin duda al progreso. Quizás los optimistas somos más ingenuos, pero, en todo caso, el optimismo ayuda a ver las dificultades inherentes a la vida con un tono algo más amable.

De todas formas, al gestionar tu patrimonio, el optimismo —y la sobreconfianza asociada— puede convertirse en un problema importante.
Si una empresa va mal y su cotización ha caído mucho en bolsa y parece «barata», puede tratarse de un bache temporal… o del inicio de una caída sin freno. (P. ej., en el caso de Nike, ¿será lo primero o lo segundo?) ¿Cómo podemos diferenciar una situación de la otra?

El optimista tenderá a verlo como una oportunidad de inversión; el pesimista, a salir corriendo.

El sobreoptimismo también empuja a comprar activos que se encuentran cerca de los picos típicos de burbuja. Es fácil dejarse arrastrar por la euforia del mercado.

Por todo ello, conviene vigilar nuestro optimismo. Ejecutar nuestras inversiones cuando han sido bien planificadas con antelación es una buena receta tanto para el optimista como para el pesimista, pues permite separar la decisión de la emoción. Lo mismo ocurre con la compra recurrente y automatizada de activos de forma mensual.

Por ello, una parte importante de Tu plan a largo plazo debe ser la automatización de todo aquello que sea automatizable.

5. No inflaciones demasiado tu estilo de vida a medida que tu patrimonio crezca

Uno de los boicoteadores más importantes de tu plan a largo plazo no es la inflación externa, sino la llamada inflación interna de tu estilo de vida.

En el momento en que empiezas a hacer crecer tu patrimonio, es natural —y, por supuesto, positivo— incrementar tu gasto.

Cuando tu vida financiera mejora, es importante que eso se traduzca en cambios visibles en tu vida como consecuencia de tus nuevas posibilidades económicas. No hacerlo, sinceramente, podría ser contraproducente a largo plazo.

De todas formas, la pregunta es hasta qué punto debemos «inflacionar» nuestro estilo de vida.

En el mundo empresarial a veces se usan palabrejas que pueden ayudarnos a aplicar ciertos conceptos a nosotros mismos. El concepto profitable growth se utiliza cuando se quiere indicar que una empresa crece (en facturación), pero también crece al mismo tiempo en rentabilidad. Y, de hecho, tal y como a mí me gusta entenderlo, una empresa debería crecer más en rentabilidad que en facturación. Porque, si eso ocurre, esa empresa siempre será sostenible.

Lo que no es sostenible es crecer a cualquier coste. Hay muchísimas start-ups o scale-ups que crecen a cualquier precio. Y, al final, muchas de esas historias no acaban bien. Cada situación es distinta, por supuesto, pero, en general, crecer «quemando» mucha caja y de forma no rentable conlleva riesgos futuros en muchas ocasiones.

Es por ello que, usando este símil, podríamos aplicar un razonamiento parecido a la inflación de nuestro estilo de vida.

Podríamos llamarlo, de algún modo, estilo de vida inflacionario y sostenible al mismo tiempo.

Imaginemos que eres una persona que ha conseguido, después de mucho trabajo y buenas inversiones, un millón de euros de patrimonio, y lo has hecho gastando 5.000 euros al mes.

Además, tu salario de los últimos años y el de tu pareja suman más de 8.000 euros netos al mes.

Si decides inflacionar tu nivel de vida en un 20 % y pasar de gastar 5.000 euros a 6.000 euros al mes por el motivo que sea (alquilar una casa de vacaciones, hacer un gran viaje o inscribir a tu hijo en uno de esos colegios internacionales), no pones en peligro Tu plan a largo plazo.

Los cálculos son sencillos. Si suponemos que consigues una rentabilidad anual del 7 % con tu patrimonio de un millón de euros, este crecerá 70.000 euros al año. Además, hay que sumarle el ahorro procedente de tu trabajo, que en este caso se ha reducido un tercio: has pasado de ahorrar 3.000 euros al mes a ahorrar 2.000 euros al mes. Si haces los cálculos, tu patrimonio anual aumenta en 70.000 euros procedentes de tus inversiones más 24.000 euros procedentes del ahorro de tus rentas del trabajo.

Así que incrementar tus gastos un 20 % y pasar de 5.000 euros mensuales a 6.000 euros mensuales no boicotea Tu plan a largo plazo, porque esos 12.000 euros adicionales de gasto al año apenas suponen el 1,2 % de tu patrimonio neto.

De todas formas, esa pareja debe ser consciente de que está muy lejos de la libertad financiera gastando 6.000 euros al mes.

Con un millón de euros de patrimonio, aunque sean capaces de generar una rentabilidad del 7 % anual, no pueden sostener ese nivel de gasto de forma indefinida si no lo complementan con rentas del trabajo. ¿Por qué?

Porque ese 7 % anual no incluye el pago de impuestos. Si necesitan ese dinero, deberán pagar los impuestos correspondientes, lo que reducirá de forma significativa el neto anual. Y, además, la inflación hará que, año tras año, su patrimonio real sea menor, mientras que sus gastos —si mantienen su estilo de vida— seguirán creciendo, al menos, al ritmo de la inflación.

Este ejemplo espero que te ayude a aumentar tu nivel de vida y a gastar más de forma responsable a medida que tus rentas de capital o tus rentas del trabajo van creciendo.

Puedes gastar cada vez más y, al mismo tiempo, hacer crecer también tu patrimonio poco a poco. Hacerlo me parece un «aumento sano y motivador de tu estilo de vida».

6. En momentos de crisis lo único que te salvará es tu disciplina

Pretender hacer un plan de inversión y gestión de activos a largo plazo y no cambiar ni una coma es una fantasía. Es evidente que tendrás que ir haciendo ajustes en función de los eventos que irán ocurriendo en tu vida. Algunos podrán anticiparse, mientras que otros, como puedes imaginar, llegarán por sorpresa y sin avisar.

Uno de los peores boicoteadores es el típico sesgo conductual de vender en el peor momento del mercado.

Es habitual que los inversores nos asustemos tras una caída de la renta variable del 40 % y que, al vender en ese momento, cristalicemos las pérdidas y nos perdamos la posterior recuperación. Es una falta de disciplina de manual en momentos de crisis. Pero cuidado: también es muy frecuente el caso contrario; en momentos de euforia, sobreinvertir en determinadas clases de activos.

El sesgo conductual se controla con experiencia, con formación y con la construcción de un plan a largo plazo que tenga en cuenta nuestra naturaleza humana.

Si construyes tu plan con una diversificación eficiente y con una volatilidad acorde a tu perfil, estarás en condiciones de dormir tranquilo incluso en los momentos de máxima tensión en los mercados.

Por ejemplo, al invertir en renta variable debes ser consciente de la volatilidad que existe. Por eso, debes conocer las peores caídas que se han producido hasta ahora.

En el año 2008, el S&P 500 cayó más de un 43 %.

En un periodo de cinco años, la caída máxima ha sido del 38,4 % entre los años 2000 y 2005.

En un periodo de diez años, la caída máxima se reduce al 3,4 %, en lo que se conoce como la «década perdida», entre 1999 y 2009, en la que se produjeron la crisis de las «puntocom» y, posteriormente, el crash inmobiliario.

Y, a quince años, hasta el momento, el S&P 500 nunca ha registrado una caída.

Ante este tipo de situaciones críticas, que tarde o temprano llegarán, un buen plan a largo plazo te ayudará enormemente, pues estarás diversificado y el asset allocation que hayas definido te permitirá cubrir las necesidades de corto y medio plazo que habrás predefinido en función de tus objetivos vitales.

7. Define un plan financiero con bajos costes by design

Acabamos de decir que hay que construir un plan de inversión que tenga una volatilidad acorde a nuestro perfil y objetivos y que posea una diversificación eficiente. Esta condición, por supuesto, es necesaria para no caer en los sesgos conductuales descritos anteriormente. Al mismo tiempo, es importante diseñar un plan de inversión con costes conocidos y bajos.

Contratar un fondo lastre y pagar un 2 % de costes anuales para construir tu plan a largo plazo, cuando dispones de 100.000 euros para invertir, implica erosionar tu rentabilidad en 2.000 euros anuales. Cuando aumentas tu patrimonio a un millón de euros, esos 2.000 euros anuales se transforman en 20.000 euros. Y, si eres de los afortunados que pueden invertir cinco millones de euros, ya estamos hablando de 100.000 euros anuales de costes.

Hoy en día es posible diseñar un plan diversificado, con una volatilidad ajustada a tu perfil de riesgo y con costes muy bajos.

El problema es que estamos acostumbrados a que, en muchos productos, pagar más implique tener «algo» mejor o de mayor calidad.

En el mundo de la inversión, como regla general, debes ser consciente de que pagar más comisiones no implica tener un mejor producto o servicio. De hecho, normalmente implica lo contrario.

Así que recuerda que uno de los boicoteadores que debes evitar para tener éxito con Tu plan a largo plazo son los costes de tus inversiones (incluidos los costes fiscales).

8. No tener una buena diversificación te puede salir muy caro

Todos hemos escuchado más de una vez —y probablemente más de dos— aquel dicho: «no pongas todos los huevos en la misma cesta». Es de sentido común entender que, si tu patrimonio o riqueza depende de una sola inversión, estás asumiendo un riesgo excesivo.

De todas formas, antes de continuar, déjame que te cuente una historia.

Bill Gates se reunió un día con su amigo Warren Buffett. Como siempre, hablaron de empresas, inversiones y filantropía. Las malas lenguas dicen que Warren Buffett le comentó a Bill Gates que su riqueza dependía demasiado de Microsoft. Tras escuchar al oráculo de Omaha, Bill Gates diseñó un plan para desinvertir en Microsoft poco a poco y repartir su riqueza entre muchas más empresas y activos.

Décadas más tarde podemos poner esa decisión en perspectiva. La desinversión progresiva en Microsoft para diversificar le ha costado más de un billón de dólares.

Así que el consejo del gurú le salió muy caro.

¿Y qué conclusión podemos sacar de esta historia?

¿Se equivocó Warren Buffett al recomendar diversificar a Bill Gates?

Desde mi punto de vista, la decisión fue completamente correcta. Otra cosa distinta es que el resultado no haya sido positivo, porque ocurrió algo extraordinario: diversificar saliendo de una de las empresas que más ha crecido en el mundo rara vez es una buena decisión económica… pero eso Bill Gates no podía saberlo en ese momento.

El mundo está lleno de historias de empresarios ricos que, por no diversificar cuando podían, acabaron arruinándose.

La diversificación es necesaria, y no hacerlo puede salir muy caro.

Ahora bien, diversificar no es tan sencillo como parece: hay que hacerlo correctamente. Es decir, buscando activos con baja correlación entre sí.

Por ejemplo, la correlación entre la bolsa estadounidense y la europea es muy elevada. Por ello, si tienes todo tu patrimonio invertido en índices de bolsa americana o europea, aunque estés invertido en miles de empresas, estás menos diversificado que si incorporas inversión inmobiliaria, renta fija y oro, por ejemplo.

Por eso, al diseñar tu plan a largo plazo, insisto tanto en incluir al menos tres tipos de activos distintos: renta variable, renta fija e inversión en activos reales (el inmobiliario ya sabes que es mi preferido 😉).

9. Cuidado con formar parte de grupos de inversión y no ser consciente tanto de las ventajas como de las desventajas de estos grupos

Afortunadamente, hoy existe la posibilidad de conectar con muchas personas interesadas en prácticamente cualquier tema que nos apasione.

Si te gusta el jamón, hay expertos cortadores que, a través de vídeos gratuitos en YouTube, te ayudan a mejorar tus habilidades casi hasta nivel profesional; si te apasiona la fotografía de estrellas, ídem; si te entretiene leer poesía, más de lo mismo…

Y con la inversión, como puedes imaginar, ocurre exactamente igual. Grupos de personas que se reúnen (pagando o sin pagar) para hablar y debatir estrategias de inversión en inmuebles, en criptomonedas, en dividendos, en oro… puedes imaginar cualquier tipo de activo y, con mucha probabilidad, encontrarás gente con la que reunirte, física o virtualmente.

Y, en general, eso es positivo. Hoy en día se puede profundizar mucho y aprender de la experiencia de otros con relativa facilidad.

Pero… siempre hay un pero.

Al asociarnos con personas con intereses de inversión similares a los nuestros, podemos caer en errores cognitivos de grupo bastante habituales.

¿Y qué significa esto?

El pensamiento grupal tiende a priorizar la armonía y el consenso sobre el pensamiento crítico o el análisis riguroso. Esto puede llevarnos a ignorar señales de alerta o, simplemente, a no considerar puntos de vista divergentes que no se expresan para evitar conflictos.

El sesgo de confirmación es otro clásico en los grupos. Se tiende a buscar y valorar de forma desproporcionada la información que respalda la opinión inicial del grupo. Los datos contrarios se descartan o se minimizan, alimentando así un optimismo infundado.

Hay otros sesgos que también conviene tener en cuenta. A veces se genera un efecto halo en torno a líderes o (supuestos) expertos. Es normal tener dudas al construir tu plan a largo plazo y, en ese contexto, se puede sobrevalorar la opinión de personas con autoridad, experiencia o carisma.

Debo reconocer que intento tener en cuenta este sesgo cuando expreso mis opiniones sobre distintos productos o estrategias de inversión. En muchas ocasiones, las inversiones no pueden calificarse como buenas o malas en términos absolutos; más bien, son adecuadas o inadecuadas en función de los objetivos y de la situación individual de cada inversor.

En definitiva, en los buenos grupos de inversión puedes aprender mucho, sin duda. Pero, al mismo tiempo, sé consciente de los sesgos que pueden aparecer y evita caer en un exceso de confianza colectiva que te lleve a tomar decisiones que puedan boicotear tu propio plan.

Foto que encabeza el post: Auto-sabotajearse es mucho más frecuente de lo que puedas pensar (Unsplash)

Nota: Este artículo está inspirado en el libro Tu Plan 2050.


¿Crees que me he dejado alguna razón adicional que nos «boicotea» a los que invertimos a largo plazo? Si es así, te escucho en los comentarios.

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